De juicios y consejos

Es curioso lo fácil que nos resulta emitir un juicio sobre casi todo lo que ocurre tanto en nuestra vida como en la de los demás; bueno… sobre todo en la de los demás.

Es impresionante que sobre todo tenemos algo que decir, algo que sentenciar, algo que argumentar a favor o en contra y por supuesto algo que añadir.

Ayer hablaba del silencio, los innumerables motivos por los que una persona puede callar ante otra aquello que piensa o siente, y aunque creo que no lo comenté directamente, una de las razones por las que alguien termina callando muchas veces lo que piensa o siente, es el juicio de valor que el que escucha suele hacer sobre la situación en concreto, o sobre los sentimientos, pensamientos o actitud del que ha abierto su corazoncito y se ha desahogado.

Escuchar a alguien es difícil; escuchar a alguien no se circunscribe al hecho en sí de estar al otro lado del teléfono o sentado junto a la persona y escuchar lo que te dice, escuchar a alguien realmente va mucho más allá.

Escuchar a alguien es querer entender lo que te dice; es quitarte prejuicios o experiencias ya vividas de encima para que no te influyan en la información que te está dando; escuchar es comprender, y si no puedes, intentar hacer el esfuerzo de comprender aquello que te dicen e intentar ponerte en la piel del que te habla…

El acto de la escuchar requiere una predisposición que no todo el mundo tiene o, por supuesto, no están dispuestos a dar; no hay que oír lo que te dicen, hay que escuchar; hay que escuchar desde dentro, desde el alma.

Lo que tengo claro es que, normalmente, el que necesita ser escuchado, en realidad eso es lo único que ansía, que le escuchen; necesita poder desahogarse, poner en perspectiva quizá determinados pensamientos o sentimientos, quitarse parte del peso que tiene sobre su espalda, «confesar» ciertas cosas que le reconcomen por dentro, dar forma a la tristeza o expresar ciertos miedos; no sé, pero lo que sí sé a ciencia cierta es que nunca jamás necesita, y mucho menos quiere, ser juzgado por alguien, que aunque en un momento dado pueda tener buena intención, en realidad va a hacer más mal que bien.

Cuando uno se abre a los demás está en una posición vulnerable, o al menos así lo he vivido yo, cualquier juicio de valor o consejo no solicitado lo que me dicen es: que lo que me pasa es una tontería, que no tengo razón en sentirme así, que lo que pienso o siento es un error, que mi vida es un desastre…

Supongo que hay tantos sentimientos al respecto como estrellas en el cielo, pero sinceramente creo que ninguno positivo.

Entiendo que no hay mala intención, o al menos así debería ser, cuando se juzga o se dan consejos, pero por favor dadlos cuando se os pidan; parece ser un mal endémico pensar que porque alguien se abra a ti tú tienes la obligación de solucionar todos los problemas de su vida o dar cien mil consejos que quizá en su momento a ti te resultaron positivos; pero de verdad, si no te piden abiertamente un consejo… no lo des, solo…ESCUCHA.

Shhhh

A veces nos callamos las cosas porque no sabemos qué decir o cómo decirlo; otras veces nos las callamos porque no sabemos realmente lo que pensamos y mucho menos lo que sentimos; también nos callamos porque pensamos, sentimos o sabemos que nadie tiene realmente ganas o propósito de escuchar y comprender lo que tenemos que decir.

A veces callamos las cosas por inercia, porque llevamos tanto tiempo haciéndolo que se vuelve lo más normal del mundo; otras veces las callamos porque no queremos asumir la realidad de nuestros pensamientos o sentimientos y callar hace que eso que tememos desaparezca de alguna forma.

A veces callamos porque pensamos que no es el momento, o incluso que no es justo, prudente o coherente aquello que necesitamos decir, asi es que nos lo tragamos con toda la amargura del mundo sabiendo, en nuestro fuero interno, que eso que estamos callando es muy posible que finalmente nunca encontremos el momento perfecto para decirlo, y que la amargura de esas palabras no dichas antes o después nos hará un daño indescriptible y posible irremediable.

A veces callamos porque no queremos llamar la atención; porque no queremos ser una carga para los demás o porque no queremos preocupar a nadie con nuestras cosas; otras veces callamos porque realmente no tenemos a nadie con quien compartir según qué cosas y nos cerramos como una concha ante el peligro.

Supongo que hay muchísimos más motivos por los que callamos un sinfín de cosas que, lo más seguro es que, debiéramos compartir con aquellos a los que les afectan nuestros silencios por su relación con nosotros y sin embargo, preferimos obviar; al igual que hay muchísimos temas que son intrascendentes y de los que hablamos sin ninguna impunidad y otros que somos incapaces de transmitir.

Con el silencio pasa como con el resto de cosas, cuanto más lo practicas más fácil te resulta y ese estado se vuelve tu zona de confort, por lo que cuánto menos compartes menos quieres y hablar sobre ciertos temas, sobre todo anímicos, se convierte un auténtico trauma.

Creo que fue Buda el que dijo «no hables si no vas a mejorar el silencio» y lo cierto es que pensado así, en frio, creo que tiene toda la razón.

Yo adoro el silencio; adoro la paz que me transmite; lo que me ayuda a pensar, meditar o disfrutar de determinados momentos de reflexión; adoro la sensación de estar tan a gusto con alguien que el silencio que nos rodea se vuelve cómodo; donde ese silencio no es más que la banda sonora de dos personas que se entienden a la perfección.

Yo adoro el silencio sí, pero como todo en la vida, hay que valorar qué tipo de silencio es que el estamos ejerciendo; porque hay silencios buenos, positivos, que ayudan a crecer y equilibrarnos, y hay silencios que dañan; hay silencios que te llenan el corazón de angustia, de tristeza, de nudos; hay silencios que te llenan la garganta de bilis que te quema por cada palabra no dicha en un momento determinado de necesidad; hay silencios que matan.

¿Qué tipo de silencio es el tuyo?

De miedos y corazas

Creo que uno de los mayores miedos que tenemos los seres humanos, o al menos yo, es miedo al dolor, pero no tanto al dolor físico como al dolor emocional.

Desde pequeños la sociedad nos instruye en que ser una persona emocional, sensible, es un problema; nos dicen que ser así nos hace débiles, nadie quiere al lado a un «llorón», por lo que nos vemos abocados, si queremos sobrevivir de una forma más o menos digna y saludable, a guardar esa parte de nosotros, motivo este, por el que casi desde nuestra más tierna infancia, los que somos así, nos vemos obligados a ir fabricando poco a poco una serie de corazas tras las que guardar y proteger nuestro lado más sensible y emocional para no sufrir, para estar » a la altura» de los demás, para no ser el centro de burlas y maltrato en ningún ámbito.

Cuando creces, las cosas cambian algo, pero tampoco mucho. Es inconcebible que una persona adulta se deje llevar libremente por su sentimentalismo y emociones en ningún aspecto de su vida, pues siempre será «demasiado algo» para los que le rodean. Dicen que las cosas han evolucionado, que se valoran tanto en relaciones sociales como en las profesionales otros punto de vista en los que se tiene en cuenta mucho más al ser humano en su globalidad, pero eso a estas alturas, sigue siendo una verdad a medias. Quizá en las empresas se busque alguien con «don de gentes», que sepa empatizar, con inteligencia emocional y ese largo etcétera tan supuestamente valorado y comentado en los últimos tiempos, pero en realidad hay una línea que nadie debe traspasar, y dejar que tus emociones (del tipo que sean) afloren no está bien visto; se sigue viendo como una enorme debilidad, hace voluble a la persona y poco fiable. Si hablamos de las relaciones sociales, está claro que en cierta forma se puede ser un poco más libre en el comportamiento a la hora de exteriorizar emociones, pero sinceramente creo que la gente no quiere personas que «sienten demasiado», eso… asusta.

Creo que todos tenemos miedos, y todos tenemos corazas, quizá en ninguno de los casos, evidentemente, tengamos ni el mismo tipo de miedos ni el mismo tipo de corazas, pero desde luego las tenemos.

La vida y las circunstancias nos hace endurecer nuestro carácter; por regla general tenemos un gran sentido de la supervivencia a lo que creo que nos ayudan precisamente esos miedos y esas corazas.

Yo tengo miedo a sufrir; como digo, tengo miedo al sufrimiento emocional; tengo miedo a que me envuelva de nuevo esa tristeza indescriptible que todo lo llena de vacío y dolor llamada depresión; no tengo ningún problema en decirlo ni en asumirlo, y por ese motivo, junto a todo lo que ha acontecido en mi vida y me ha hecho ser quien soy, tengo un montón de corazas creadas precisamente para intentar evitar ese dolor.

Es curioso pensar cómo en los últimos años de mi vida hay quién me ha acusado de ser fría, de no tener corazón o de no empatizar con los demás, solo por el hecho de no haber entrado en un juego insano en el que debía convertirme en un satélite más dando vueltas a la tierra…

A veces pienso que es muy egoísta por mi parte tener todas las reservas que tengo, que en realidad no le doy oportunidad a la gente que se acerca a mí para conocerme; sé que es difícil tratar conmigo y mis barreras, sé que se que requiere de paciencia, confianza y tiempo y evidentemente no todo el mundo está dispuesto a tenerlo; lo entiendo, lo comprendo y lo respeto; quizá no valga la inversión, no lo sé, pero después de todo lo vivido, echar abajo mis muros así sin más, por dos palabras amables y tres sonrisas no es inteligente para mi.

Mantenerlas, de momento, es claramente una cuestión de supervivencia.

La primera de la lista

Si algo me ha demostrado la vida, o el tiempo, es que por mucho que queramos evitarlo, todos, antes o después, acabamos haciendo daño a los demás.

La vida es así; nosotros somos así.

Cierto que cada uno de nosotros somos un mundo; cierto que no podemos comparar o asemejar lo que hago yo en o con mi vida, con lo que hacéis vosotros, pero si algo es innegable es que ser prioridad uno mismo en su vida es un acto pseudo egoísta que conlleva sí o sí obviar, en innumerables ocasiones, los deseos y expectativas de los demás sobre nosotros y hacer cosas que de una forma u otra perjudican a los demás, si no directamente, al menos sí de una forma indirecta.

Siempre que pienso en estas cosas me viene a la cabeza la siguiente frase «todos hacemos daño, lo que hay que tener en cuenta es quién lo hace sin querer y quién lo hace sin quererte»

Supongo que hay una diferencia clara, sobre todo de intencionalidad, que abre una brecha enorme sobre esas dos opciones.

Ya hace unos años comprendí que debía dejar de pensar tanto en los demás y centrarme en mí; dejar de ponerme al final de una lista de prioridades absurdas para nada marcadas por mí sino más bien por aquellos que me rodeaban; comprendí que ya estaba bien de estar siempre disponible por y para los demás en detrimento de mi propia vida, y sobre todo entendí que para amar, cuidar y proteger a la gente que quiero, primero debía amarme, cuidarme y protegerme a mi misma.

Supongo que como cada vez que separamos dos opuestos por una línea imaginaria, la línea muchas veces se difumina ante nuestros ojos y resulta complicado saber en qué lado estamos de la misma, justificar ciertas acciones. Quizá sería más sencillo decidir en qué lado estamos si conocemos o desconocemos, si somos conscientes de las repercusiones que tienen nuestros actos en los demás, aunque, por otro lado, realmente el «desconocimiento» tampoco me parece una excusa válida como para limpiar la conciencia de todas nuestras faltas por mucho que sepamos que efectivamente el daño que hacemos no es intencionado.

Yo sé que a veces hago daño, y sentirlo en lo más profundo de mi corazón no evita ni lo uno (que haga daño) ni lo otro (que me machaque mi conciencia). Podría poner mil excusas y decir que hago exactamente lo mismo que los demás (pensar en mí), que tan solo quiero que mi vida sea la mejor posible y que por supuesto lo que deseo y necesito es sentirme bien; que cuando me priorizo y tomo decisiones más o menos radicales sobre MI VIDA efectivamente no pienso en los demás, que son decisiones motivadas por mis necesidades sin querer hacer daño a nadie…

Algunas veces he intentado explicar lo que pienso o siento al respecto cuando veo que he herido a alguien, pero he de decir que a pesar de pedir perdón y explicar mis motivaciones y necesidades, no suelo encontrar entendimiento por la otra parte, supongo que porque me explico mal o porque cada uno tiene una versión y una visión de los hechos y de los que quiere obtener en cada situación, no lo sé la verdad, lo que tengo claro es que, a pesar de todo, debo seguir siendo prioridad y las decisiones las tomaré para mejorar mi vida y las de mis hijas intentando siempre no herir a nadie, pero sabiendo que en innumerables ocasiones será inevitable.

Seguiré pidiendo perdón las veces que sean necesarias, pero seguiré la primera de la lista.

Fe Vs Duda

Hay veces que siento que van a pasar cosas; no es simplemente que tenga el pálpito tal o pascual de que es posible que algo de lo que pienso pase, es más bien el pleno convencimiento de que sé que eso que pienso, eso que me viene una y otra vez a la cabeza, va a pasar.

Sinceramente pocas cosas hay que logren distraerme de ese pensamiento que me persigue, de esa confianza ciega en mi destino o en las circunstancias o como lo queramos llamar…

Ahora bien, cierto es también, que a pesar de ese convencimiento, en realidad no se cuándo va a pasar lo que sé que va a pasar, lo único de lo que estoy segura es de que los sucesos son inminentes, y sin embargo, a pesar de esa seguridad, a medida que van pasando las horas siento cómo en mi interior empieza la lucha entre mi fe y ese pequeño diablo que tenemos todos en nuestro interior al que llamaré duda.

Yo a veces me rio de esto que me pasa porque realmente siento cómo mi fe y mi duda luchan y discuten dentro de mí; por un lado esta mi fe, inquebrantable, serena, poderosa, paciente; por otro lado esta mi duda, la duda es minúscula pero también es poderosa, muy poderosa, carcome poco a poco la serenidad y la quietud de mi alma y no necesita ser enorme para hacer que las paredes de mi castillo se desestabilicen.

Dudar es humano o eso he escuchado muchas veces; dudar es normal supongo, no podemos ni debemos creernos a ciencia cierta todo lo que escuchamos, leemos o pensamos. Lo sé. Es fácil dudar y poder demostrar lo acertado o erróneo de determinadas cosas. Pero la duda, como todo, ya que existe, deberíamos ser capaces de aprovecharla en nuestro propio beneficio; dudar y salir reforzados, no dudar y salir hundidos con nuestros pensamientos.

Tener fe es algo diferente.

Tener fe es algo intangible.

Tener fe es tener esa seguridad absoluta de que puedes «lanzarte al vacío» y saber que podrás extender tus alas y volar; es saber que no estás solo en el camino de la vida, es confiar en esos brazos invisibles que te sostienen en momentos de debilidad, duda y dolor; es sentirte amado aún estando solo, es sentirte bendecido por absolutamente todo lo que concierne a tu vida.

Sé que a veces parece que la «duda», que esa parte «mala» que tenemos que nos hace sentirnos incapaces, o que nos hace pensar que nada bueno nos pasa, o como a mí, que eso que estoy convencida de que va a pasar en realidad no lo va a hacer, es más grande y potente que la fe, pero en realidad eso no es así.

Creo que lo sencillo en todas las situaciones es siempre dejarnos llevar por lo fácil, y la duda seamos sinceros, lo es; es fácil dejarse por la duda, por el «escapa de mis manos», y tener una actitud inerte ante la vida y las circunstancias, como si todo lo que pudiéramos hacer es sentarnos a esperar que las cosas, buenas o malas, sucedan sin más.

Tener fe, como he dicho antes, es un salto al vacío. Se cree o no se cree; se tiene confianza o no se tiene. No es algo de lo que te puedan convencer, es algo que tienes que experimentar tú personalmente, sobre todo por la supuesta intangibilidad de todo lo que implica.

A mi la fe me proporciona paz, seguridad, serenidad. Soy humana como todos, tengo dudas como todos pero confío plenamente en ese Ser Superior que guía mis pasos por el camino de la vida.

Sé que «eso» va a pasar, con eso me basta.

Fe.

Déjà vu

No son pocas la veces que he escuchado a gente a mi alrededor, e incluso a mí misma, lanzar el pensamiento: «ojalá volviera a nacer sabiendo lo que ya sé de la vida para no cometer los mismos errores»; algo, como sabéis, altamente improbable pues lo normal es que si volviéramos a nacer y pasáramos por las mismas circunstancias, lo más probable es que hiciéramos exactamente lo mismo en un perfecto circulo vital.

¿No os ha pasado alguna vez tener la sensación de estar reviviendo situaciones semejantes e incluso iguales que hace un tiempo? A mí sí; a mí me ha pasado en bastantes ocasiones, como si yo fuera la protagonista de la película «Atrapado en el tiempo» y tuviera que dar con la clave de ese Déjà vu constante en el que vivo para poder seguir adelante…

Cierto que no podemos volver al mundo con el conocimiento que tenemos en la actualidad, como quizá haya quien discrepe diré que esa tan solo es mi opinión, pero también es cierto que muchas veces la vida nos da segundas, terceras e incluso más oportunidades, para tener vivencias muy similares a las ya vividas, como si tuviera la esperanza de que esa vez reflexionemos y hagamos las cosas de forma diferente. No sé, como si esas vivencias fueran pequeños o grandes retos que tenemos que superar para demostrarnos, sobre todo a nosotros mismos, que por fin hacemos las cosas bien y que por supuesto hemos aprendido lo que esas situaciones nos querían enseñar.

Muchas veces cuando me pasan estas cosas, me enfado con la vida o con quien pille a mano, todo hay que decirlo, porque no entiendo por qué cada equis tiempo parece que la historia se repite; es como si diera igual el camino que yo quiera seguir ya que antes o después parece que dicho camino me lleva irremediablemente al mismo punto; quizá no al mismo punto de partida, pero desde luego si a un punto similar; punto, por cierto, que es posible que yo haya jurado unas cuantas veces no volver a vivir…

Hoy intento ser positiva, intento dar una explicación coherente y optimista de ese horizonte que parece que veo a lo lejos ¿acaso me queda algún trabajo por hacer, algo que aprender, algo que dar? ¿acaso vuelvo a ese punto porque nunca he valorado realmente la oportunidad que se me daba? ¿acaso es la forma que tiene la vida para ponerme en la diatriba de ver si realmente esta vez es diferente, si yo me comporto de forma diferente?

A veces tengo la sensación de que estoy jugando a los malabares con un montón de pelotas que no soy capaz de controlar; supongo que es algo que nos pasa a todos cuando tenemos tantas dudas y tantas cosas en la cabeza que somos incapaces de pensar con claridad… No sé, hoy veo la jugada que se empieza a plantear delante de mí y solo puedo esperar que sea la respuesta a todas mis plegarias, y si esa respuesta es que vuelva a pasar por el amargo trago de unas circunstancias poco favorables intentaré que esta vez sea diferente para todos.

Fe.

La moneda

Lo curiosa que es la vida.

A veces me siento invencible y otras veces me siento imbécil, es así.

Hay días en los que me levanto y realmente creo que puedo con todo; da igual lo que pase, yo lo soslayo, lo supero, lo aniquilo. Hay días en los que me creo eso que tanto me repito: que puedo con todo, que todo es cuestión de actitud, que todo pasa por algo y que hay que buscar la enseñanza y el lado bueno de las cosas; hay días en los que estoy en la cresta de la ola y veo los acontecimientos como meras anécdotas sin importancia porque estoy tan convencida de que soy fuerte y estoy preparada para cualquier cosa que todo carece de importancia. Hay días en los que sí, en los que me siento invencible.

Pero también hay días en los que me siento imbécil; no incapaz, pero si imbécil. Días en los que me acuso de creer en chorradas, días en los que me reprendo por ir por la vida como si me hubieran inyectado energía positiva a borbotones y yo la exudara como si eso fuera lo más normal del mundo; días en los que me digo «deja ya de sonreír, no hay motivos para ello», días en los que pienso que todo el esfuerzo, ahínco, tesón, positividad y ese largo etcétera que uso en mi día a día no es más que perder el tiempo y provocarme agotamiento mental.

Hay días en los que quiero salir a la calle y comerme la vida y el mundo a bocados y otros en los que lo único que quiero es estar en mi cueva y no ver ni hablar con nadie, dejar que pase el tiempo y simplemente existir.

Cuando soy capaz de racionalizar un poco las cosas sé que ninguno de los dos pensamientos es certero, que ni soy invencible ni mucho menos imbécil, que ni puedo con todo, ni es una tontería creer que sí y actuar como si pudiera, pues eso me ayuda a que la conducta hacia las vicisitudes de la vida sea la correcta; que ni es bueno ir por la vida de sobrado ni mucho menos encerrarme y ser una ermitaña que no quiere relacionarse con nadie. Pero claro, eso lo pienso, como digo, cuando soy capaz de racionalizar las cosas y eso no siempre sucede.

Supongo que esto que me pasa o siento son las dos caras de la misma moneda; dos caras inseparables e inevitables entre si.

A veces siento como si en mis días el talante con el que me enfrento a ellos fuera algo totalmente imprevisible fruto del azar; como si cada mañana cogiera esa famosa moneda, la tirara al aire y dependiendo del lado por el que cayera así será mi día sin que yo pueda hacer nada por cambiarlo. Sé que lo ideal sería que la moneda cayera de canto, algo muy improbable claro está, para que mis días tuvieran un poquito de esto, un poquito de aquello, y todo estuviera más equilibrado, pero eso, la verdad, nunca pasa.

La vida es curiosa si, y yo estoy a la expectativa para ver de qué lado caerá la moneda hoy…

Madres…

El día que me enteré que iba a ser madre mi vida cambió. Por un lado todo se volvió más lento, bueno, más lento entre comillas claro, porque aunque todos sabemos que el tiempo es lo único constante en nuestra vida, la mayoría de las veces, sobre todo con nuestros seres queridos, parece volar. El caso es que mi vida en cierta manera se ralentizó y empecé a ver las cosas con una perspectiva y quietud que antes no tenía.

De repente mi vida tenía sentido; de repente sabía por qué, o mejor dicho por quién, me levantaba cada mañana, por qué me esforzaba tanto, por qué trabajaba con ahínco y tesón, por qué nunca me dejaba desfallecer…

Mientras duró el embarazo, pese a las molestias normales y algún que otro problemilla, todo fue fácil, si yo me cuidaba, el bebé, en principio estaría bien. El shock fue cuando nació y me dieron a esa preciosa niña; en ese momento todo lo aprendido no servía para nada, ahora tenía que cuidarme a mi y cuidar de ella, de ese precioso ser indefenso que se había formado en mis entrañas, al que había sentido moverse, por el que había salido a caminar cada día, por el que había llorado y me había preocupado incluso antes de ver su hermosa cara.

El día que te ponen a tu hijo en brazos es el día más feliz del mundo, y creo que el que más miedo te embarga; da igual lo que te hayan contado, da igual lo que te haya enseñado tu madre, da igual lo que hayas vivido, en ese momento todo el miedo del mundo te invade, pero frente a lo que se pudiera pensar, pasados los primeros minutos, todo ese miedo que sientes se vuelve fortaleza, te conviertes en mamá leona, y no tienes la menor duda de que harías cualquier cosa por esa pequeña personita que descansa sobre tu pecho, incluso dar tu propia vida.

Lo maravilloso de ser madre, a parte de lo evidente, es todo lo que aprendes cada día de tus hijos; les ves crecer y piensas «espero estar haciéndolo bien, que sean capaces de enfrentarse a este mundo tan cruel a veces, tan falto de moralidad, de principios, de lealtad y de amor».

Ser madre te hace ser mejor persona, te hace superarte cada día, te hace sacar fuerzas de flaqueza, te hace luchar contra tus demonios y sobreponerte a absolutamente todo lo que te pasa. Dejas de vivir exclusivamente para ti y empiezas a vivir para ellos.

Una madre nunca deja de ser una madre, yo lo veo en la mía, preocupada por mis hermanos y por mi como si siguiéramos siendo sus niños y haciendo todo lo posible por facilitarnos la vida.

Escribo estas palabras y solo puedo decir «Gracias mis niñas por darme el mejor título del mundo, por todo el amor que me dais y por lo que aprendo día tras día a vuestro lado. Gracias mamá, es un privilegio tenerte a mi lado cuidándome, amándome y apoyándome siempre».

¿Confusión o confesión?

La verdad es que llevo un tiempo bastante confusa, y cuando mis pensamientos están revueltos me siento incapaz de escribir.

No sé bien el por qué de tales sentimientos; lo único que sé, es que un día me levanté y de repente empecé a cuestionarme absolutamente todo lo que acontecía en mi vida; los pasos que doy, el destino que he elegido, las personas que me rodean, su comportamientos conmigo, mi comportamiento con ellos, las cosas que pienso, la forma en la que actúo, la forma en la que actúan los demás…

No sé, no es la primera vez que me pasa, y desde luego no es nada agradable sentirse así, cuestionado desde todos los ángulos incluso aunque ese cuestionamiento venga de uno mismo…

Yo me siento perdida, soy una persona que necesita controlar las cosas, conocer en la medida de mis posibilidades lo que va a suceder, si es que eso es posible en algún momento, y sobre todo conocer las causas de mis sentimientos hacia las cosas, las causas de mis pensamientos y las causas de lo que sucede.

Supongo que estoy en una época de cambios; como la crisálida que está a punto de romperse y dejar salir la mariposa en la que se ha convertido, y no, no lo digo creyéndome bonita, sino más bien, por la sensación que tengo de que algo está a punto de cambiar mi vida de forma radical y eso hará que me convierta en otra persona.

No se, hoy estoy en un punto de esos muertos en los que no te sientes con ánimo de ir hacia ningún lado y lo que esperas es que la marea de la vida te lleve hacia donde debes estar, mientras intentas coger fuerzas para poder afrontar lo que sea que tiene que venir.

Hoy tengo un día de esos en los que realmente no entiendo a la humanidad, y no porque me haya pasado nada en concreto, supongo que esto no es más que el cúmulo de cosas que pasan día a día y que no entiendo, comparto ni comprendo del comportamiento de la gente; cómo hoy estás rodeado y mañana te han dado la espalda sin miramientos; cómo la maldad se utiliza de forma totalmente consciente y gratuita hiriendo a los demás sin importar las consecuencias; cómo el egoísmo gobierna vidas; cómo la empatía, en líneas generales, brilla por su ausencia; cómo no hay prácticamente relaciones sanas, sinceras y amigables; cómo a la gente no le importa utilizar a los demás tanto física como emocionalmente y luego desaparecer una vez satisfechas sus necesidades…

Hoy tengo un día de esos donde me cuesta pensar con claridad; donde tengo que buscar razones para sonreír; donde me planteo si realmente sirvo para lo que hago y para lo que quiero hacer; donde me cuestiono si dejo buena impronta a la gente y cuando se van de mi lado se sienten mejor o peor; donde me cuestiono si yo predico con el ejemplo o soy todo eso que no comprendo de la gente…

Cómo decir «Te quiero»

Ayer estuve en una exposición que te habría encantado.

Avísame cuando llegues a casa.

Quiero que escuches esta canción, es mi favorita.

Te he hecho la cena.

Te echo muchísimo de menos.

Tienes los ojos más bonitos del mundo.

Tu sonrisa me desarma.

Ojalá estuvieras aquí.

Eres mi persona favorita en el mundo.

Me inspiras un montón.

Me motivas a ser mejor persona.

Ese corte de pelo te favorece muchísimo.

Si te hace feliz me vale.

Te acompaño donde sea.

No fue lo mismo sin ti.

Cuéntame cómo te ha ido el día.

Puf eso parece interminable, trae que te echo un cable.

Me acuerdo como si fuera ayer del día en el que nos conocimos.

Voy a cocinar ¿Qué te apetece?

¡Este meme es tan tú!

¿Te sigue doliendo?

Te he comprado eso que tanto te gusta.

Necesito verte.

Te admiro un montón.

Conduce con cuidado.

A ti todo te queda bien.

No necesitas suerte, te necesitan ellos a ti.

Eres la persona más valiente que conozco.

Quédate un ratito más por favor.

Dime qué día vienes y lo pido libre.

Me acerco aunque sea para unos minutos.

Sé que vas a llegar tan lejos como quieras.

Tenemos que celebrarlo.

Te quiero ver brillar como mereces.

Para ti siempre estoy libre.

Esto me recuerda mucho a ti, te encantaría.

Dime cómo te puedo ayudar.

He visto este libro y pensé que te gustaría.

¿Qué te apetece ver?

Deberías descansar.

Se que vas a triunfar.

Eres lo mejor de mi día a día.

Paso a buscarte.

Tenemos que ir a este sitio sin falta.

Llámame a cualquier hora.

Estoy orgullosa de ti.

He visto las pelis que me recomendaste y me han encantado.

Voy si vas.

Dame un abrazo.

Me haces mucho bien.

¿Has comido?

Ojalá haberte conocido antes.

Hoy faltabas tú.

Cuidate mucho por favor.

Vuelve pronto.

Hay infinidad de formas de decir «Te quiero», sin duda todas igual de maravillosas y con el mismo significado pleno que esas dos palabras.

Tenedlas en cuenta.